EL ALMANAQUE DE MEOWRACLE

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En quién nos convertimos cuando viajamos y qué podemos traer a casa además de recuerdos

En la vida cotidiana, una persona puede posponer durante semanas un paseo por un barrio cercano y, sin embargo, recorrer veinte kilómetros en un solo día durante un viaje. En casa no le gusta levantarse antes de las nueve, pero por un tren temprano sale tranquilamente a la calle cuando aún está oscuro. Normalmente evita hablar con desconocidos, pero cuando viaja pregunta cómo llegar a un lugar, comenta el menú con un camarero y ayuda a alguien a entender cómo funciona una máquina de billetes.

A veces parece que, junto con la maleta, nos llevamos una versión ligeramente distinta de nosotros mismos. Esa versión lleva ropa que en casa le parecía demasiado llamativa. Entra en una cafetería desconocida sin pasar mucho tiempo leyendo reseñas. Acepta desviarse de la ruta, probar un plato poco habitual o pasar una tarde sin el plan de siempre. Incluso los pequeños inconvenientes - una parada equivocada, la lluvia, un museo cerrado - se perciben no solo como molestias, sino también como parte del viaje.

¿Quién es esa persona? ¿Un papel temporal que interpretamos lejos de casa o una parte real de nosotros que simplemente no encuentra suficiente espacio en la vida cotidiana?

En un lugar nuevo no existe el guion de siempre

En casa, casi todos los días ya tienen una forma definida. Sabemos por qué calle vamos a la tienda, dónde nos sentamos en el autobús, qué solemos pedir y cómo pasamos la tarde después del trabajo. Es cómodo: no tenemos que decidir desde cero cómo vivir este martes en particular.

Pero junto con los hábitos, poco a poco también se fijan ciertos papeles.

  • No me gusta levantarme temprano.
  • Me oriento mal.
  • No sé hablar con desconocidos.
  • No soy de esas personas que actúan de forma espontánea.

Durante un viaje, estas definiciones pierden fuerza por un tiempo. Una ciudad nueva todavía no sabe nada de nosotros. No hay lugares conocidos en los que siempre nos comportamos de la misma manera, ni personas que esperan de nosotros la reacción habitual. Tenemos que mirar con más atención, hacer preguntas y tomar pequeñas decisiones que en casa simplemente no son necesarias. No porque de repente nos hayamos vuelto más valientes o sociables - a veces no cambia la personalidad, sino el escenario.

Durante un viaje, nuestras acciones tienen motivos diferentes

En casa, la idea de levantarse a las seis de la mañana solo para dar un paseo puede parecer absurda. Durante un viaje hay un motivo: calles vacías, un tren temprano, un amanecer junto al mar o una galería a la que queremos llegar antes de que se forme una cola.

Recorrer quince kilómetros también resulta más fácil cuando queremos explorar las calles de una ciudad desconocida. Hablar con un desconocido se vuelve necesario porque, de otro modo, quizá no encontremos la parada. La ropa poco habitual parece más apropiada porque la hemos llevado especialmente para el viaje. Lo que en la vida cotidiana requeriría una explicación interna ya está justificado por las circunstancias cuando viajamos.

No es que simplemente “decidamos convertirnos en otra persona”. El nuevo comportamiento tiene un motivo concreto y, por eso, nuestra versión de vacaciones suele parecernos más ligera y libre. No tenemos que convertirnos para siempre en alguien que pasea al amanecer y conoce gente con facilidad. Hoy funciona porque estamos lejos de casa.

Lo desconocido convierte los errores en historias

En casa, subir al autobús equivocado es una molesta pérdida de tiempo. Durante un viaje, el mismo error puede convertirse en una historia sobre un barrio que encontramos por casualidad. Por supuesto, no todos los inconvenientes se convierten en una aventura. A veces perderse es simplemente desagradable o incluso peligroso, y una estación cerrada puede alterar considerablemente los planes. Pero al viajar ya contamos con que no todo será conocido ni predecible.

Precisamente por eso algunos errores son más fáciles de aceptar sin sentir que dicen algo sobre nuestras capacidades. Pronunciamos mal el nombre de un plato - porque el idioma es nuevo. No encontramos la entrada correcta - porque es la primera vez que vemos un edificio con una arquitectura así. Elegimos un lugar que no resultó especialmente interesante - porque confiamos en una guía.

En la vida cotidiana solemos esperar de nosotros mismos cierta competencia incluso en las cosas más pequeñas, mientras que durante un viaje resulta mucho más fácil permitirnos ser principiantes. Quizá eso sea precisamente lo que hace que nuestra versión de vacaciones sea más curiosa: sabemos que no estamos obligados a orientarnos perfectamente en un lugar desconocido.

Durante un tiempo cambia no solo el lugar, sino también nuestra percepción del tiempo

Las horas cotidianas se dividen entre trabajo, tareas domésticas, desplazamientos, descanso y sueño. Incluso una tarde libre puede sentirse como un intervalo breve en el que hay que recuperarse antes del día siguiente.

Durante un viaje, el tiempo se hace más visible: faltan dos horas para el tren, el museo está abierto hasta las cinco, hoy es el último día junto al mar, el restaurante cierra de 14 a 18, y en esta ciudad solo hay una mañana que podremos ver.

Esto puede provocar prisa, pero también ayudarnos a estar más presentes en el momento. Una taza de café corriente se convierte en un acontecimiento independiente no porque el café sea especial, sino porque no lo estamos tomando al mismo tiempo que resolvemos tareas del trabajo. Miramos a nuestro alrededor con más atención y notamos más detalles: el dibujo de unos azulejos, un gato en el alféizar, el sonido de un semáforo desconocido. En casa esas cosas también existen, pero rara vez ocupan un lugar propio en nuestra memoria.

Por qué es difícil conservar esta versión de nosotros mismos

Al volver, una persona puede decidir sinceramente: a partir de ahora caminaré más, probaré cosas nuevas con mayor frecuencia y dejaré de aplazar los planes interesantes, para encontrarse una semana después otra vez dentro del mismo horario de siempre. Esto no significa necesariamente que la libertad de las vacaciones fuera falsa. Simplemente han regresado las condiciones anteriores: rutas conocidas, responsabilidades, cansancio y decisiones que desde hace tiempo tomamos de manera automática.

Además, es imposible vivir como si cada día fuera un viaje. La novedad constante agota. No podemos tratar cada desayuno como un descubrimiento cultural ni convertir cada salida a comprar comida en una expedición. No hace falta intentar traer a casa nuestra versión de vacaciones entera; quizá exista precisamente gracias a esa separación temporal de la vida habitual. Pero algunas cosas sí pueden conservarse.

No una nueva personalidad, sino un pequeño hábito

Después de un viaje es fácil plantearse una tarea demasiado grande: ahora voy a vivir de otra manera. Pero quizá sea más interesante elegir un rasgo concreto. No “ser más espontáneo”, sino ir una vez al mes a un lugar desconocido sin un plan detallado. No “ser más sociable”, sino ser a veces la primera persona en hacer una pregunta sencilla a un desconocido. No “llevar una vida activa”, sino dar un paseo extra aunque no lleve a ningún lugar importante.

Podemos recordar no solo lo que hacíamos durante el viaje, sino también por qué era posible. ¿Nos levantábamos antes porque nos esperaba algo interesante? ¿Caminábamos más porque el propio camino formaba parte del día? ¿Aceptábamos con más facilidad probar algo nuevo porque no exigíamos de antemano la garantía de un resultado perfecto?

A veces lo que debemos traer a casa no es la acción en sí, sino la condición que la hacía posible. No obligarnos a levantarnos al amanecer todos los días, sino inventar de vez en cuando un motivo por el que realmente nos apetezca despertarnos.

Lo que queda después de volver

De un viaje traemos billetes, fotografías, piedras, postales y objetos que no siempre encuentran una utilidad al llegar a casa. Pero junto con ellos regresa también el recuerdo de la persona que fuimos allí. De quien logró entender por su cuenta una ruta complicada, no tuvo miedo de preguntar, se atrevió a probar el parapente, llevó una camisa llamativa, caminó mucho, se equivocó y, aun así, continuó con su día.

Quizá nuestra versión de vacaciones no sea una personalidad distinta ni una máscara. Es una de nuestras posibilidades, que se vuelve más visible cuando se dan las circunstancias adecuadas. No hace falta conservarla por completo; a veces basta con recordar que esa persona ya existe.

¿Qué rasgo de tu versión de vacaciones te gustaría traer a casa?